Agustín Santana, 25.01.2026
El paso de los años te acompaña con la rapidez de las olas que, una tras otra, rompen en la orilla contra las piedras, salpicando espuma y sal, mientras el sonido inconfundible del mar despierta recuerdos. Eso sientes cuando cumples setenta y cinco años y te paras un momento a mirar atrás.
Tocan a la puerta y cuando abres ves un círculo de amigo que te cantan el cumpleaños feliz, amigos como tú con cierta edad encima, con las arrugas y canas que conlleva el paso inexorable del tiempo. Y mientras te cantan te llevan a unas mesas preparadas en el jardín que están invitando a descorchar un cava.
Al principio todo pasa de prisa, igual que ese tiempo vivido que te parece que ha pasado demasiado pronto, como la retirada de esa ola hacia el mar que se pierde en el infinito y que ya no la volverás a ver, verás otra, pero no esa.
Al día siguiente te dicen de desayunar fuera porque hay que comprar unas cosas y cuando llegas a la cafetería oyes un murmullo, una mesa muy grande repleta de gente, y empiezas a ver caras conocidas, tu hija, algún nieto por allá, otro hijo por acá y comienza de nuevo el cumpleaños feliz.
Y ves a tus nietos muy crecidos, muy mayores, el más pequeño con cuatro años, otros con doce y el mayor con quince, y vuelves a ver el paso del tiempo, son setenta y cinco años desde que empezaste la aventura de la vida sin saber lo que ese camino tenía previsto para ti.
Y recuerdas cuando tenías pantalones cortos y la felicidad estaba en la calle, en los amigos, en la pelota de trapo, en la espada de madera y en el juego de las chapas. Y llega el instituto y aparecen las amigas y las responsabilidades jóvenes de ir mirando para el futuro, de empezar a pensar en independiente, y te invade la ilusión de lo que te espera con tus propias decisiones.
Y te vas de la casa de los padres y ya te ves mayor, ya no hay excusas, el destino es tuyo y será lo que tú vayas haciendo, lo que tú vayas construyendo.
Y vienen los hijos y más responsabilidades, de nuevo la escuela y los profesores, los primeros sustos y los médicos a prisa, nuevas experiencias.
Sigues avanzando en el camino de la vida y te vas haciendo algo mayor, no mucho, un poco, pero empiezas a notar que hay cosas que ya te cuesta mucho más hacer.
Pero la vida es muy cara y tienes que afrontar gastos que te hacen pensar que todo cambia, llega la universidad de los hijos, y las matrículas, y los viajes de fin de curso, y las necesidades de los jóvenes que son para ti más importantes que tus propias necesidades, y lo das todo.
Tus hijos se casan y vienen los nietos, los primeros como gotas de agua que te caen en los labios cuando estás sediento, lo saboreas, lo vives, lo sientes como si fueran tuyos, renace aquel amor ya pasado del nacimiento de tu primer hijo, la sorpresa infinita cuando lo vas a ver por primera vez y llegas con miedo, con mucho temor de que algo no haya ido bien, y luego te sale sonrisa amplia de satisfacción de la nueva vida.
Tú sientes que vas quedando atrás, se acerca el momento en que dejarás de estar activo en el trabajo, comienza una nueva etapa para ti al principio de incertidumbre, poco apoco de aceptación y finalmente de felicidad al ver el camino que has recorrido, lo que has ido sembrando a lo largo del ir y venir de las olas.
Los nietos siguen creciendo y tú te vas haciendo cada vez más viejo, pero con sonrisa y aceptación, a pesar de los achaques y de las cosas de los mayores, de las dificultades y de las enfermedades, de las visitas a los médicos y de los tiempos obligados de sofá.
“Gracias abuelo porque has sido apoyo, paciencia, ejemplo y amor, y por tus cuentos de Pata de Palo que se han quedado grabado para siempre en nosotros”, “nos haces sentir seguros cuando menos lo estamos y haces que los problemas sean muy fáciles de resolver, una hoja de papel no es suficiente para expresar todo lo que te queremos”, “quiero que sepas que para mí y para todos los que te queremos eres un ejemplo a seguir, gracias por preocuparte siempre de los demás, para mí significas un segundo padre, una esperanza”.